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SOBRE MARUJA (BIOGRAFÍA BREVE)

A veces hemos dicho que la historia es injusta (seguramente porque la memoria es egoísta) y desatiende la trascendencia de determinadas personas que, teniendo méritos suficientes, no se colocan en el centro de la imagen pública. Este podría ser el caso de Maruja, cuyo recuerdo queremos aquí salvaguardar del dominio de lo efímero.

Hija de maestros, Maruja nació en 1930 en Madrigalejo, en donde muriera Fernando el Católico, pero los avatares de aquella España la llevaron, con más penas que glorias, de un lugar a otro por los pueblos a los que su padre era destinado.

Sus estudios universitarios los cursa en Sevilla en cuya Facultad de Ciencias se licencia en Química y en donde conoce a D. Benito Mahedero, con quien se casa en 1956.

En 1957 nace su primer hijo, Beni, y ese mismo año se traslada a Badajoz al ganar D. Benito la plaza de Catedrático de Escuelas de Magisterio y ocupar una plaza vacante en nuestra ciudad. Enseguida nace su hija Lupe completando un escenario familiar que hubiera exigido dedicación exclusiva a cualquier persona, pero que a Maruja no le impidió en poco tiempo incorporarse a la docencia, ocupación que acabaría siendo el centro de su actividad laboral.

Su fuerza, que no era poca, la llevó, además, a completar su formación académica, realizando, bajo la dirección de D. Benito, la Tesis Doctoral que leyó en la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad de Extremadura en 1976.

Hay que señalar en este terreno, que Maruja formó parte del grupo de investigación que formara D. Benito y que tantos frutos excelentes ha dado a nuestra Universidad.

Pero como hemos dicho, la actividad en la que ella se sentía especialmente a gusto era la docencia. Somos muchos los profesores de esta Universidad que, además de compañeros de Maruja, tuvimos el privilegio de ser alumnos suyos, bien en la desaparecida Academia Nabla en la calle de San Blas, en la Escuela Pericial de Comercio, en la Escuela Normal de Magisterio o en la Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Industrial. Y por esto queremos, en primer lugar, dejar constancia junto a otros muchos alumnos suyos, de sus excepcionales cualidades como profesora.

Maruja, o Dª. Maruja, como cariñosamente la llamarían después, consiguió, sin abandonar el rigor científico, que asignaturas áridas, como el Cálculo o la Física, que impartió a lo largo de su vida profesional, fueran asequibles y atractivas, aclarando con numerosos ejemplos y ejercicios, cuidadosamente preparados, los conceptos más abstractos y presentando con orden y limpieza en la pizarra las no siempre accesibles leyes de estas asignaturas. Y si aun así, algo no quedaba suficientemente claro, su despacho estaba abierto para que Maruja, con una paciencia infinita, resolviera las dudas de aquéllos que a ella se acercaban. Con razón se ha dicho por muchos de sus alumnos que ha sido la mejor profesora que ha pasado por esta Escuela.

Pero esta labor docente no se limitaba a un excelente cumplimiento de sus obligaciones con los alumnos. Más allá de esto, muchos de los ingresados en el claustro de profesores de la nueva escuela en los años siguientes a su puesta en marcha, hemos de agradecerle su ayuda en nuestra formación no sólo académica, sino, sobre todo, docente y humana.

Y esto fue una labor continua, mantenida durante casi 40 años, hasta que la enfermedad le arrancó de las manos, sin mediar aviso, su cajita de tizas de colores.

Pero si como profesora, Maruja ha dejado un recuerdo imborrable en esta Escuela, en sus alumnos, y en buena parte del profesorado, también como compañera fue excepcional. Y es difícil distinguir entre Maruja compañera y amiga, ya que la relación con todos nosotros fue siempre de cariñosa amistad más que de proximidad profesional. Maruja tenía siempre una palabra amable para todos, una sonrisa permanente, un consejo oportuno para ofrecer a quien lo necesitara. Era exquisita en el trato con todos, prudente, humilde. Nunca un mal gesto, nunca una palabra desagradable, nunca una sonrisa irónica. Destacaba las virtudes de los demás y disculpaba siempre sus defectos. Agradecía sin límites los pequeños detalles que se tuvieran con ella y perdonaba, también sin límites, las faltas de los demás.

Y es esa forma de ser, fuera del centro de la imagen pública a la que nos hemos referido al principio, la que puede enmascarar su labor, tanto en el desbordado cumplimiento de sus obligaciones como en su apoyo constante a D. Benito y a la construcción de nuestra Escuela.

Muchos creemos que sin ella nada hubiera sido como se consiguió que fuera.

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